martes, 7 de diciembre de 2021

Día 25: BOTE

Atardecer con vista a Brickell. Bahía Miami, FL.

Poco he hablado yo sobre mis meses en Miami. 

Siempre que lo digo, lo relaciono con aquello de que la lengua es el castigo del cuerpo, y es que coño, a mí nunca me gustó Miami y BOOM, me toca vivir allá unos meses. 

Nueve meses en los cuales vine a mi pedacito de isla soñado unas 5 o 6 veces. Porque sí, la verdad es que soñaba con regresar a RD. 

En parte responsable era el señor aquel de los Países Bajos, quien irónicamente se quería ir de acá, pero pesaba mucho el saber que aquí sí podía perseguir mi carrera soñada, en Miami no. 

Total. Así lo hice y así fue. 

Pero como la vida tiene unas vainas increíbles, yo claro que extraño ciertas cosas de Miami. 

La oferta gastronómica, el Art Basel, los conciertos, el chinito que me hacía mani-pedi, el Frosé de Sugarcane... Y por supuesto, las tardes en bote. 

Tuve la dicha de vivir justo en el Río Miami, con un bote muy coqueto frente al jardín de la casa. 

Chamo, no saben cuánta falta me hace salir a la bahía un martes a las 3pm. 

Ver atardeceres, pensar, rumbear también, porque ajá. 

Que irónico vivir ahora en una isla y no salir en bote nunca. Una ciudad cuya salida al mar está tan contaminada. Con la marina más cercana a unos 40 minutos. 

No se le puede pedir tanto a la vida y conseguirlo todo, es verdad.

Se cambian unas cosas por otras.

Pero mientras el balance siga siendo positivo, no me quejo (tanto).

Tardes de bote. Miami, FL.




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